Siempre es bueno tomarse un kitkat, desconectar un rato de la
vorágine diaria y dedicarnos un momento de calma.
Es curioso cómo la publicidad acaba acuñando eslóganes que
convertimos en frases cotidianas: tomarse un kitkat, aparte de
saborear un dulce tentempié, se ha transformado en sinónimo
de un momento tranquilo que nos regalamos.
Y eso fue lo que hicimos el domingo: tomarnos un gran KitKat
familiar en el sentido figurado y literal de la expresión.
Rita, mi mejor amiga, madrina de Javier y una artistaza de repostería
forma de gran KitKat para el dieciocho cumpleaños de su ahijado .
¿Y, por qué personalizó la tarta con forma de este rico tentempié?
Pues porque a Javier de pequeño le entusiasmaban los kitkats y
Rita quiso recordárselo, además de hacerle saber que en un curso
tan estresante como segundo de Bachillerato, a puertas de la PAU,
conviene tomarse algún ratito para desconectar y retomar
fuerzas con que rendir luego al máximo.
(Alucinamos con el detallado trabajo de Rita sobre el fondant)
Y después del consabido "soplar las velas"...
...dimos cuenta del riquísimo interior de nuestro kitkat gigante.
¡Para chuparse los dedos!




























































