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lunes, 19 de agosto de 2019

Una encantadora casa rural en Galicia




Este año no habíamos programado las vacaciones de verano, Javier volvió
de su curso en Chicago y ya tenía varios compromisos con amigos, novia,
su padre... 

De este modo llegó agosto y no teníamos claro cuándo las cogeríamos
exactamente ni dónde iríamos. Por mi parte y después de varios veranos
sufriendo una ola de calor tras otra, lo único que tenía claro es que quería
norte, verde y fresquito.

Finalmente, una semana antes y sin esperanza de encontrar alojamiento alguno,
me puse a buscar a la desesperada alguna casa rural por la zona del Cantábrico.
¡Imposible! Estaba todo ocupado, incluido hoteles, apartamentos, hostales...

Pero, como por arte de magia, de pronto apareció en Airbnb una casa libre
para nuestras fechas y, además, era preciosa. No me lo podía creer, iba en
el autobus y la reservé desde el propio teléfono, sin siquiera consultar a mi
hijo y al resto de la familia, por si nos la quitaban.

La casita se encontraba en un pueblecito de la costa gallega, Rinlo, al lado del
límite con Asturias, lo que me pareció ideal porque nos permitiría conocer zonas
de ambas comunidades.




"The blackberry house" es el nombre de la casa y Carlota el de su dueña.

Carlota es gallega, arquitecta y ha restaurado varias casitas en la misma
calle de Rinlo, son las que veis pintadas de colores en la fotografía
precedente. La nuestra era la más grande (la de la derecha) y quiero
enseñárosla al detalle porque el trabajo de recuperación y restauración
es digno de admirar.

Me contó que han intentado mantener el carácter y la base de las casas
de la zona, rehaciéndolas por entero. 

La madera de castaño es sin duda la gran protagonista en suelo, techos,
panelados, puertas, ventanas, algunos muebles y escalera. 

Pero no es el único material que se ha elegido y trabajado cuidadosamente,
también mármol de la zona en los suelos de cocina y baño, así como en la chimenea.






Si la estructura es magnífica, el mobiliario no se queda atrás.

Carlota es una enamorada de las antigüedades y la restauración. Muchos
de los muebles proceden de anticuarios y mercadillos de la zona, algunos
ya intervenidos por ella y otros pendientes de lucir un aspecto renovado,
aunque yo creo que lucen encantadores en su imperfección y decadencia.





Hay, además, piezas actuales como el sillón butterfly de cuero, las alfombras
de fibra y de piel, la manta de pelo, las lámparas tipo Edison...

Os preguntaréis qué hace esa reproducción del Toro de Wallstreet al lado de
la chimenea. Me contaba Carlota que el significado de uno de los apellidos de
la familia era toro y de ahí que se estén haciendo con una colección de piezas
relacionadas con éste animal.





El detalle de las hornacinas, en la ventana pequeña de la chimenea y en 
otros rincones de la casa, me encantó.







En la cocina, como en el baño, las paredes han sido cubiertas de microcemento
con un acabado tipo Tadelakt marroquí. Nos contaba Carlota que es fácil
conseguir un efecto marmolizado cuando se sabe manejar bien la llana de
albañil.

Aquí podéis ver las lindas manchas, algunas rosadas, del mármol del suelo.
Los muebles de la cocina son también de madera de castaño, diseñados y
realizados por nuestros anfitriones.

El fregadero de una sola pieza es de obra, realizado en cemento. Podéis ver al
lado una de las hornacinas de las que os hablaba.






La ventana de la cocina, con vistas a la calle llena de flores, es un regalo para la vista y el espíritu.
Un placer preparar el desayuno cada mañana en este encantador rincón.




La casa tiene dos plantas más, aunque la buhardilla esta aún clausurada. 
La escalera, como podéis ver es maravillosa en su sencillez.





La planta de arriba cuenta con un amplísimo distribuidor. Fijaos en el mueble
que recorre toda la pared, también realizado por los dueños, es como estar en
una cabaña austríaca.




El distribuidor da acceso a tres dormitorios y el baño.




El cuarto más pequeño es también el más romántico al tener las paredes
enteladas en toile de jouy.

Los armarios han sido sustituidos por barras de madera colgadas en el techo
lo que me pareció una idea genial.




Otro de los dormitorios cuenta con una gran cama baldaquino y a los pies una antigua cuna recuperada.





Este dormitorio está comunicado mediante puerta corredera con el tercero en el
que hay una cama individual y que cuenta con la climatización de la chimenea
inferior a través del tiro.




Como veréis durante nuestra estancia cambiamos de sitio la mesa camilla que
había en este espacio por la cuna de la habitación contigua que de esta manera
quedó bajo la ventana a modo de sofá y permitió aligerar el espacio en la otra
habitación.






Me encantaron las ventanas de cuarterones de toda la vivienda y, por supuesto,
las maravillosas vistas.

Toda la zona está rodeada de verde y son muy abundantes los eucaliptos y las
zarzamoras, de ahí el nombre de la casita. Muchas moras estaban ya maduras y
pudimos comerlas, además de recolectar para hacer mermelada.




El cuarto de baño encantador, como no podía ser menos, con una grifería
preciosa y detalles de estilo vintage así como algún toque actual como el
mueblecito auxiliar.

La pared estucada en microcemento y con un zócalo entelado en rojo inglés.




Además la casita cuenta con un pequeño patio ideal para disfrutar del exterior.




Espero que os haya gustado este home tour por nuestra casita de vacaciones.
En instagram podéis ver también un pequeño vídeo que grabé. Os dejo aquí el
enlace por si queréis verlo.

Sabéis, esta zona me ha transmitido tan buenas vibraciones que estoy convencida volveré. 

¿Habéis tenido alguna vez esa sensación?



lunes, 5 de junio de 2017

Piensa global, come local



Si me preguntasen cómo me gustaría verme dentro de diez años no tendría
la más mínima duda en responder que viviendo en un entorno rural, mejor
aún campestre, en una casa pequeña con jardín, huerto, unas gallinas y si
me apuran una vaca. Suena idílico, ¿verdad? Con unos hábitos de consumo
rozando la autosuficiencia en alimentación y vestimenta pero sin renunciar a
las comodidades y posibilidades que las nuevas tecnologías nos ofrecen. 

Puede sentirse como una contradicción esta búsqueda de retorno a una vida
más sencilla, lenta y natural en la que no parece tener cabida la frenética
rapidez del mundo virtual, pero se trataría de tomar los aspectos positivos de
ambos estilos de vida e integrarlos.

No soy la primera ni la única en creer que ésto es posible, conozco a otras
personas que se han atrevido a dar el paso y compaginan lo mejor de los dos
mundos, el real y el virtual.

En mi caso de momento no es posible, Javier depende de su padre y de mí
económicamente y está en una etapa en la que sus gastos de formación son
bastante altos (carrera, luego el/los máster...)

Hasta dentro de ocho o diez años no puedo ni plantearme dejar mi modo
de vida actual, cumplir mi sueño de retirarme a un entorno más natural y
practicar la ansiada slow life.

Resulta paradójico haber dedicado toda mi juventud a formarme para "entrar
en el sistema" y una vez dentro darme cuenta que no es ésto lo que deseo,
lo que me hace feliz.

Mis padres no me advirtieron de esta posibilidad, claro que eran otros tiempos
en los que aún no estábamos sobrepasados por el ritmo de vida actual. Nos
inculcaron sus valores: estudiar, formar una familia y encajar en el engranaje
social establecido. Pero no nos hablaron de otras posibles formas de vida,
porque seguramente entonces las otras posibilidades implicaban un retroceso
social, económico y cultural.

Sin embargo, la sociedad ha cambiado tanto que aquellos valores ya no tienen
porqué ser válidos en la actualidad (yo diría que la mayoría están obsoletos),
abriéndose otras expectativas en cuanto a modos de vida.

En mi caso he querido que Javier las conozca y le aliento a perseguir su sueño,
sea el que sea, dentro del sistema o fuera de él. Quiero que sepa que un título
no asegura la felicidad y le animo a desarrollarse como persona, averiguar lo
que realmente le hace feliz, antes de "hipotecarse" con un trabajo, una casa,
una familia.

Y al mismo tiempo hemos ido concienciándonos juntos sobre aspectos de
sostenibilidad y consumo. 

Nunca he sido una persona derrochadora, me cuesta deshacerme de aquello
que aún funciona y cambiarlo sólo porque ya no esté tan de moda o no ofrezca
alguna pequeña innovación, tiendo a hacer por mi misma aquello que puedo
(do it yourself), no le hago ascos a comprar de segunda mano y me gusta
reutilizar, rehacer y reciclar. En definitiva, no soy una persona consumista y
siempre he practicado un estilo de vida sostenible, primero por forma de ser
y luego por conciencia ecológica.

Estoy a favor de la globalización y el uso de las redes en cuanto que difuminan
barreras y diferencias sociales, culturales, nacionales... unificando criterios que
a lo largo de la historia de la humanidad han sido fuente de conflictos y
sufrimiento.

Me gusta el mundo virtual porque, como el viajar, acerca a las gentes de
lugares muy distantes permitiendo conocer otras culturas, ideas, formas de
vida y ésto abre la mente y nos hace más transigentes.


Y todo ello no tiene porqué estar reñido con hábitos de consumo local, parece
ser que todo lo contrario. Seguramente muchos de vosotros habréis oído hablar
del "Piensa global, actúa local" y su variante en alimentación.

Esta expresión propugna cuidar la salud del planeta realizando pequeñas

acciones en la propia comunidad. Comprando local apoyamos la economía

de nuestro entorno, ayudamos a los pequeños  productores frente a las

multinacionales y protegemos el medio ambiente: adquirir productos de la

región permite reducir las emisiones de dióxido de carbono que conlleva el

transporte de productos de unas zonas a otras. Además los productos

cultivados localmente pierden menos propiedades alimenticias al ser más

corto el tiempo entre la recolección y la compra, no contienen conservantes

para su preservación y facilitan una cocina de temporada mucho más natural y

sabrosa. 


Incluso se ha acuñado una palabra para designar a las personas que sólo
comen alimentos cultivados y producidos en su entorno más próximo:
locávoros.

Pero más allá de tendencias y etiquetas, lo cierto es que consumir productos
locales resulta lo más lógico, saludable y agradecido para nuestro paladar. Y
producirlos en nuestro propio huerto sería ya la panacea.


Mientras espero que se cumpla mi sueño intento cocinar productos ricos y
saludables, si son de origen local y de temporada mejor aún, como algunas
de las hortalizas recién cosechados que ya encontré en el mercado local de
mi pueblo (allí la temporada se adelanta un poco al estar más al sur) y que no
tienen nada que ver con las que hemos estado consumiendo todo el invierno.



El olor, color y sabor de los tomates de las imágenes lo dice todo, no necesitan
ni ser aderezados.

Los tomaremos en ensalada, gazpacho y salmorejo, sobre todo, porque
crudos mantienen todas sus vitaminas y refrescarán nuestras comidas de
verano.



Las berenjenas, pimientos y alcachofas al horno con un poquito de sal,
pimienta y aceite de oliva virgen.



Coliflor y espinacas cocidas al vapor para que conserven todas sus propiedades.







Si me llegan a decir de pequeña que se me iba a hacer la boca agua con solo
pensar en cocinar verduras, no me lo creo, y es que hay alimentos que de niños
aborrecemos y de mayores adoramos.

¿Cuáles son los vuestros?


miércoles, 22 de febrero de 2017

slow life, ¿es realmente posible?



Sigo poniéndole intención a esto de tener una actitud slow life aunque he de
reconocer que no siempre lo consigo.

El bombardeo mediático creo que no ayuda en nada a la hora de centrarse en el aquí y ahora. 

Más aún si una de nuestras actividades es precisamente generar contenido para la red a través 

de un blog y/o redes sociales como es mi caso.


De cuando en cuando surgen pequeños detalles que son una llamada de
atención al respecto y te hacen caer en la cuenta de que, a veces, has sido
incapaz de ser consciente de algo real y tangible por haberte perdido en las
inmensidades del mundo virtual.

Es lo que me ocurrió hace unas semanas: os mostraba la magnífica adquisición
de una mesa en un rastro (aquí) y os comentaba que había indagado en la red
buscando una igual y sólo había conseguido encontrar una muy parecida. Estoy
segura que dediqué a la "investigación" más de media hora.

La mesa que compré, la limpié al traerla a casa y la monté tal cual la encontré
en el rastro. Me pareció un poco alta pero por lo mismo más original. Ni me
planteé que tenía que haberla montado al contrario, incluso después de haber
estado comparándola detenidamente con la fotografía de la mesa que encontré
en internet y que añadí en el post.


A media mañana, tras publicar el post, recibí un privado por Facebook de
Patricia Liché, editora del blog Un lugar para los sentidos, comentándome
que la mesa que había comprado era igual a la de la fotografía: ¡¡¡sólo tenía
que darle la vuelta a las patas para poder encajar la bandeja en la estructura!!!
De este modo, además, sería más estable.

No sabía si llorar o reír.

Lo que sí hice fue agradecerle a Patricia su ayuda, gracias que reitero <3

Y tras el descoloque personal, un momento de reflexión para asimilar cómo no
me di cuenta de algo tan evidente.

La respuesta es fácil: recurrí al mundo virtual en vez de haber dedicado un
tiempo a la contemplación de lo que tenía delante.



Este último fin de semana me propuse bajar el ritmo, dejarlo fluir, no planificar
nada relativo al blog.

El sábado seguí con mi plan de aligerar y ordenar el salón, centrándome en el
rincón que está a la izquierda del sofá y dedicando un ratito a cuidar mis
plantas.

El sol entrando por la ventana iluminaba todo y saqué la cámara para captar
ese momento de luz.

Encontré calma y bienestar fotografiando tal cual, sin hacer una viñeta perfecta
con todo colocado. 

Siempre he tendido a planificar la puesta en escena de los post, lo que no
resulta fácil en un apartamento pequeño como el mío donde ya no queda
ninguna pared libre, ningún lienzo en blanco. Parece que estoy jugando al
tetris, quito de aquí para poner allí pero en este sitio no es buena la luz, no
queda centrado, no hay espacio para el trípode...

Acabo estresada y salvo que sea realmente necesario me he propuesto hacer
realidad la nueva coletilla del blog, el slow concept.

Mi propósito de aligerar y ordenar mi día a día también lo he puesto en
práctica a nivel virtual, eliminando boletines y suscripciones a webs que
ya no me aportan demasiado. Con ello estoy consiguiendo bajar mi
ansiedad a la hora de abrir el correo electrónico y encontrarme con
tropecientos mil emails si he estado dos días sin poder entrar.

También ralentizar en las redes, comparto si puedo pero no pasa nada si no lo hago.


El cuidado de las plantas de interior, a falta de un jardín propio (cómo lo
echo de menos), es una de las tareas que más me relaja y en la que, sin
darme cuenta, pongo en práctica la máxima de meditación "Centrar mi 
atención sin esfuerzo en lo que acontece aquí y ahora".

Una de las primeras cosas que hago al llegar a casa después del trabajo es
acercarme a saludarlas, ver si tienen buen aspecto, si han echado alguna
hoja nueva... Hasta Javi se ha acostumbrado a observar cómo van creciendo.
Soy de las que habla con ellas y suelo ponerles nombres.

Hemos perdido a mi deseado geranio Dr. Westerlund que traje con tanta
ilusión (creo que por exceso de riego), aunque he comprobado que se puede
adquirir en algunos viveros de aquí donde no se le conoce por ese nombre sino
por geranio con olor a limón (Pelargonium Crispum) y quiero hacerme con uno.

Wester, como lo bautizamos, no ha sobrevivido pero si Kech, el otro esqueje
que cogí de una maceta de la terraza de nuestro riad. Se trata de una planta
crasa de varas largas con hojitas carnosas que podéis ver en el macetón de la
fotografía siguiente (al lado está el geranio de olor). No sé qué nombre tiene y
no he podido encontrarlo en la red. Palabrita que esta vez sólo le he dedicado
cinco minutos.

¿Sabéis de qué planta se trata?


Las hojitas que traía se le han caído pero está echando tres nuevas en el
extremo. Veremos cómo va evolucionando.




El tercer esqueje es del cactus más de moda en decoración (Euphorbia
ingens o Candelabra Tree) y al que nosotros llamamos Yves porque lo
cogimos en los alrededores de los Jardines de Majorelle.

También parece haber agarrado con fuerza pero es tan pequeñito que cuando
quiera tener un tamaño visible seguramente ya no sea el must have decorativo
que es hoy, aunque en realidad eso es lo de menos. Lo delicioso será ver como
crece poco a poco y recordar su historia, ¿no creéis?.