Ahora que todo el mundo tiene supercafeteras de cápsulas, rápidas, limpias
e individuales, resulta que lo más trendy es hacer café con sencillas cafeteras
de goteo inspiradas en el diseño de la cafetera Chemex, creada en 1941 por
el inventor y químico alemán Peter Schlumbohm, y que desde hace un tiempo
se ha convertido en must del movimiento slow food.
Me sorprendo con estas cosas: algo que ha sido tendencia deja de serlo
cuando ya es asequible a la mayoría, cuando se populariza y vulgariza,
surgiendo en contraposición algo distinto, frecuentemente algo
de características contrarias, aunque sea recuperándolo de
tiempos pasados.
En 1958 los diseñadores del Instituto de Tecnología de Illinois eligieron la
cafetera Chemex como uno de los mejores diseños de los tiempos modernos,
incluyéndola en uno de los expositores del MOMA.
Esta cafetera es una especie de matraz de cristal Pirex con una boca en forma
de cono en la parte superior. Lleva en el cuello una arandela de madera atada
con cordón de cuero y una bolita de madera para poder manejar el recipiente
cuando el café está caliente.
El agua hay que calentarla aparte en el fuego o el microondas y se deposita
en el cono al que se le ha puesto un filtro de papel lleno de café.
El agua se infusiona en el cono y cae en la parte inferior del recipiente,
luego habrá que retirar el papel para poder servir el café.
El sistema no dista mucho de las cafeteras eléctricas de goteo que
estuvieron de moda antes de las de cápsulas.
Pues bien, yo no he llegado a tener cafetera de cápsulas, ni siquiera de goteo,
tengo varias de aluminio que son las que utilizo y en alguna ocasión me gusta
tomar café de puchero que hago en tetera.
Sin embargo, por una cuestión de diseño (supeditando lo estético a lo práctico,
como suele decir mi padre) sí deseaba hacerme con una Chemex.
Podría haber buscado en internet pero lo fui dejando a la espera de
encontrarme con alguna frente a frente.
No fue hasta este verano, en el primer pueblecito noruego que conocimos, que
la encontré en un café encantador de aires vintage con muchos tipos de cafés,
pastelillos caseros y vajilla artesanal en venta.
675 coronas noruegas costaba una Chemex de tamaño medio (70€) y no la
compré por temor a que no llegase entera a casa, sabiendo que tendría
la oportunidad de comprarla online.
A lo largo de nuestro recorrido por Noruega la volví a ver en otros lugares,
aproximadamente al mismo precio, así como algunas variantes de diseño
japonés mucho más caras.
Por supuesto el diseño de la cafetera es divino, con esa combinación de
cristal, madera y cuero, además de invitar a hacer café de una forma
natural, tranquila y casi ceremonial, pero realmente ¿cuántos de
nosotros podemos permitirnos preparar un slow cooffe a diario?
Yo no, ya quisiera os lo aseguro... Entonces pensé que no tendría sentido
hacerme con una por el puro gusto de tenerla.
Además, la esencia, la filosofía de esta manera de preparar café puede
realizarse con otros instrumentos que, de hecho, ya se comercializan por
separado para colocar sobre cualquier jarra de las que tenemos en casa y
hacer nuestro café de goteo. En Tiger, por ejemplo, tienen el cono en
porcelana blanca.
Finalmente yo he sido mucho más frugal: he comprado un cono de café de
plástico de los que se venden en ferreterías y se lo he añadido a una
jarrita/cafetera que tenía el asa estropeada hacía tiempo.
Para no quemarme y sujetarla: una goma gruesa de pelo.
Filtro, café molido y agua caliente y ya tengo mi cafetera de goteo
estilo slow life.
De este modo el día que tenga tiempo para hacer tranquilamente un
café, tomármelo lentamente mientras disfruto de la lectura de un buen
libro o visitando mis blogs preferidos, viviendo intensamente el momento...
entonces tendré mi cafetera slow food con las mismas prestaciones y sin
haber hecho una gran inversión.
Una manera frugal (y en la frugalidad encuentro mucho de filosofía slow) de
conseguir este must-have cafetero que comparto, cómo no, en los Findes de
Marcela Cavaglieri.
A nice and slowly weekend...